Los bosques y los árboles, por ejemplo, son ampliamente reconocidos por su potencial para mitigar los efectos del cambio climático.
Pero los bosques hacen mucho más que eso: son tan cruciales para garantizar los suministros de aguas como para reducir las emisiones de los gases de efecto invernadero. Además, regulan las precipitaciones, estabilizan los climas locales y protegen las tierras costeras de la erosión. También proporcionan alimentos, combustible, madera y forraje para los animales, y reducen los riesgos e impactos del clima extremo en las comunidades locales.
Es hora de invertir en los bosques y los árboles, así como en los pueblos indígenas y las comunidades locales que los gestionan. Esta debería ser una estrategia para adaptarnos a los efectos del incremento de temperaturas y hacer frente al aumento en los riesgos y la imprevisibilidad.
Se debe priorizar la protección, la restauración y la gestión sostenible de los bosques, y deben financiarse como una parte esencial de las políticas nacionales de adaptación y resiliencia. Parte de esto centrarse en una estrategia que ayude a la propia vegetación a adaptarse a los riesgos crecientes que enfrentan por el cambio climático, como los incendios forestales, las plagas, brotes de enfermedades y sequías.

